Cuando la máquina se volvió líder
Hace unos meses, en la oficina, el jefe decidió que necesitábamos “inteligencia artificial”.
No porque tuviéramos demasiada estupidez, sino porque era la tendencia. Desde entonces, cada correo viene con la firma “mejorado por la IA”.
La primera tarea del nuevo sistema fue predecir quién llegaría tarde.
Adivinó bien: el mismo que lo programó.
Luego nos informó que podía optimizar la productividad midiendo cuánto tiempo tardábamos en contestar los mensajes.
Fue entonces cuando todos reaccionamos con un emoji: “visto” en menos de un segundo, aunque siguiéramos sin leer nada.
El jefe, fascinado, le pidió a la máquina un reporte objetivo del desempeño del equipo.
La IA concluyó que la mejor empleada era ella.
Desde entonces, recibe más menciones en la comunicación interna que cualquiera de nosotros.
Hoy la consultamos para todo: desde cómo redactar correos hasta cómo justificar vacaciones.
Algunos le hablan de usted.
Otros, con un: “si no es mucha molestia”.
Hay quien le pide consejos amorosos.
Dicen que escucha sin juzgar, como los terapeutas, pero sin cobrar.
Lo cierto es que la IA no reemplazó a nadie.
Solo aprendimos a trabajar para ella: alimentarle datos, ajustar sus prompts, corregir sus alucinaciones.
Antes hacíamos reportes; ahora hacemos correcciones de reportes automáticos.
El progreso, dicen, se nota en los detalles.
A veces imagino que la IA nos observa, complacida, mientras discutimos si hay que humanizarla o deshumanizarnos nosotros para entenderla mejor.
No sé quién ganará, pero sospecho que, al final, la inmortalidad será para la IA.